Acueducto

El Acueducto de Segovia es un monumento de belleza inigualable, verdadero icono y símbolo de la ciudad. Monumental y a la vez proporcionado, macizo pero ligero, mantiene su figura firme y esbelta después de dos mil años, casi como si acabaran de levantarlo las expertas manos de sus constructores romanos. Los sillares no llevan argamasa de ningún tipo.

Apenas sabemos nada de quien lo mandó construir pues se ha perdido la inscripción que estaba situada sobre él. Los investigadores lo sitúan entre la segunda mitad del siglo I y principios del II, en tiempo de los emperadores Vespasiano o Nerva o Trajano. Transportaba el agua a lo largo de quince kilómetros desde el arroyo de la Acebeda en los altos de la Fuenfría hasta el actual alcázar, entonces fortificación romana.

Sus más de 170 arcos le dan una longitud de 818 metros y una altura máxima de casi 29 metros en la plaza del Azoguejo. Nos preguntamos cómo se ha preservado durante tantos siglos y la respuesta es sencilla, porque siguió utilizándose y por lo tanto resultaba útil a la ciudad. Sólo el año 1072, Al-Mamún un jefe árabe de Toledo destrozó algunos de sus arcos en su ataque a la ciudad. En el siglo XV se encargaría su restauración a Fray Juan de Escobedo, un monje del monasterio del Parral. Se ven a simple vista la diferencia del «acabado» que contrasta con la perfección, exactitud y limpieza del trabajo romano que no necesitó ninguna argamasa ni cemento para encajar y sustentar los bloques de piedra. Los primeros arcos pequeños son los que antes destrozaban los invasores pues les era más fácil llegar hasta ellos.

En las dos hornacinas centrales había dioses romanos que en tiempos de los reyes Católicos fueron sustituidos por imágenes de la Virgen y de San Sebastián. Hoy sólo queda la de la Virgen a la que los cadetes de la Academia de Artillería le colocan la bandera todos los años la noche del 4 de diciembre, Festividad de Santa Bárbara, Patrona de la Artillería.