Asilah es una medina blanca que recorta sus muros frente al Atlántico. El contraste es impresionante: las murallas, el azul del mar, las olas chocando contra las rocas… Es una ciudad con alma, de esas en las que me hubiera gustado pasar unos días simplemente contemplando el mar.
Día 9: Hoy visitamos Asilah o Arcila
Asilah tiene raíces muy profundas y se la relaciona con la antigua Zilis o Zilil, de origen fenicio. Fenicios, portugueses, españoles, judíos sefardíes, marroquíes… todo convive en muy poco espacio, como si esta pequeña ciudad tuviera muchas vidas encima.
Asilah o Arcila está a poco más de media hora de Tánger, unos 46 km, junto al Atlántico. Tiene ese aire de ciudad pequeña, luminosa y tranquila que parece hecha para caminar sin prisa. Al pasear por sus calles sentía el deseo de volver y pasar un verano entre esas calles frescas, en una casa de ventanas pequeñas protegida del sol.
Fuimos en una excursión reducida en coche, con chófer y dos personas más, al Cabo Espartel, a las Grutas de Hércules y a Asilah.
La medina
Su medina es una de las más bonitas del norte de Marruecos: calles blancas, puertas azules y verdes, buganvillas, rincones cuidados y murallas que miran al mar. Y tiene vida: colegios, niños que salen de clase, murales en las paredes. No es un museo, es algo vivo.
Arcila se recorre despacio, dejándose llevar, entrando por una puerta, saliendo por otra, encontrando de pronto un mural, una sombra fresca o una calle que parece colocada allí solo para que la mires.
Asilah tiene un pequeño cementerio musulmán junto al mar, con tumbas cubiertas de cerámica de colores, vinculado a los mausoleos de Sidi Ahmed ibn Moussa y Lalla Mennana. También existe un antiguo cementerio judío, relacionado con la comunidad sefardí local, cerca del mar, pero mucho más sobrio.
Murales en Asilah
Una de las cosas que más nos gustó de Asilah fue su relación con el arte. Sus paredes están llenas de pinturas murales que van cambiando con el tiempo y convierten el paseo en una pequeña galería al aire libre.
Aunque solemos asociar el arte islámico con la geometría, la caligrafía y los motivos vegetales, en Asilah sorprenden sus murales con figuras humanas. No están en un contexto religioso, sino artístico y urbano. Son parte de esa Arcila contemporánea que ha convertido sus paredes blancas en una galería al aire libre.
No hay grandes monumentos. El encanto está en el conjunto, en la luz, en las fachadas encaladas, en el silencio de algunas calles y en ese azul atlántico que aparece de repente al final de una esquina.
Las murallas portuguesas le dan carácter y una silueta preciosa frente al mar. Desde allí, la ciudad se abre al océano con una mezcla muy especial de historia y calma. Es fácil entender por qué muchos viajeros la recuerdan como una pausa dentro del viaje… No lo descarto, algún veranito.
Es un buen lugar para comer pescado, tomar un té y mirar artesanía. Tiene una artesanía muy artística, porque es una ciudad que atrae el arte y a los artistas. Nosotros veníamos de Tánger y, desde luego, merece la pena acercarse, aunque solo sea unas horas. Y si puedes quedarte a dormir, mejor.
Fenicios, portugueses, españoles, sefardíes, marroquíes…
Arcila conserva muchos nombres en español porque formó parte de la zona del Protectorado español en el norte de Marruecos entre 1912 y 1956. Esa presencia dejó huella en el idioma, en algunos comercios, en familias, en restaurantes y en cierta memoria urbana.
Además, por cercanía con España y con Tánger, siempre hubo mucho intercambio. Por eso encuentras nombres como Casa Pepe, Casa García, referencias en español y ese aire hispano-marroquí tan visible en algunos sitios.
