Comenzamos el día yendo a la sorprendente cueva de Can Marçà, después de una breve parada para ver el municipio al que pertenece la cueva, San Miguel de Balansant.
No es necesario reservar previamente porque las visitas son cada 45 minutos y no suele haber demasiada gente. El recorrido por el interior de la cueva es de poco más de media hora.
El recorrido empieza por la bajada a la entrada de la cueva por unas cómodas y seguras escaleras que descienden el acantilado ofreciendo unas vistas espectaculares a la bahía del Port Sant Miquel, frente a la isla de Sa Ferradura y la isla Murada al fondo.
La gruta es de reducidas dimensiones. No esperes encontrarte salas inmensas y formaciones gigantescas. Las estalactitas y estalagmitas más grandes que han llegado a formar columna, apenas alcanzan un metro de longitud. La altura de los pasadizos era tan baja que tuvieron que excavar el suelo para hacerla visitable. Sin embargo el encanto de todo el paisaje de una gruta lo tenemos delante y muestra una gran belleza.
Para mantener las condiciones originales de humedad han tenido que conducir agua artificialmente para evitar el agrietamiento de la roca pues las lluvias han disminuido considerablemente.
La guía que nos condujo estuvo muy amena y supo ganarse la atención de la gente a pesar de que tuvo que repetir sus palabras en cinco idiomas diferentes. Muy competente. Nos explicó cómo los contrabandistas en tiempos de Franco utilizaron este lugar para almacenar mercancías, pero sobre todo para esconderse de la guardia civil. Tenían que escalar con cuerdas y arrastrarse por estas galerías tan angostas.
Después de esta visita tan interesante nos fuimos a San Miguel de Balansant.