Nápoles subterránea

Nápoles subterránea, muy curiosa la visita. Hubo todo un mundo en estos subterráneos que datan de la época de los romanos, una vida paralela bajo tierra. Actualmente constituyen uno de los sistemas de túneles más grande de toda Europa.

El subsuelo de Nápoles está constituido por roca volcánica porosa, blanda y muy fácil de trabajar. Por eso, desde hace milenios los habitantes de la zona excavaron y excavaron. Los griegos para construir depósitos de agua y los romanos para para extraer material de construcción para la ciudad.

Los subterráneos estaban llenos de cisternas que recogían el agua de la lluvia, de donde se extraía desde las casas a través de unos ‘pozos’.

Están a 40 m. bajo tierra y podían alojar hasta 4.000 personas. Ha sido usado a lo largo de todos los tiempos y han dado lugar a innumerables historias reales y otras ya convertidas en leyenda.

Durante la II guerra mundial se utilizaron como refugio para muchas personas y cuando terminó la guerra, los pozos se empezaron a utilizarse como basureros. La basura se fue acumulando y los subterráneos desaparecieron incluso de la memoria de la gente. No fue hasta el s. XX que se empezaron a restaurar, tanto la Nápoles subterránea como la historia de aquellos que vivieron allí.

Se dice que… existía un personaje al que apodaron ‘Monaciello‘, que iba vestido con una capucha de monje y no se sabe si era hombre o duende. Los trabajadores de los pozos tenían acceso a las casas a través de los canales y tubos estrechos. Pero este Monaciello estaba más interesado en conquistar mujeres que en su trabajo (cuando sus maridos no estaban). También, si a veces faltaba algo en una casa, se decía ‘Habrá sido el Monaciello’

Carmela Montagna dio a luz en los subterráneos en 1.943 y se quedó a vivir allí para no escuchar las bombas, pero su hija murió a los 6 meses víctima de una neumonía. La humedad en el interior es del 90% y en julio que visitamos Nápoles con un sol de justicia, en los subterráneos hacía frío.

Parece que en este subterráneo también era lugar de encuentro de monjas y curas para hacer la cata del vino que ellos producían, el «Tufello», que tenía propiedades contra la esterilidad. ¡Eh!, solo para eso.